SGAE gana el primer round contra la blogosfera

Julio Alonso del blog Merodeando ha sido condenado en primera instancia a pagar 9.000 euros a la SGAE por atentado al honor por los comentarios de varios lectores en un post que escribió sobre Google Bombing y la SGAE. Las implicaciones que puede tener el resultado de este pleito para la blogosfera en su conjunto, al responsabilizar a los autores de un blog sobe los comentarios que escriben los lectores en él puede ser más que trascendente ya que puede crear jurisprudencia.

Al igual que a Julio a mi la sentencia también me parece terriblemente injusta, entre otras cosas porque la mayoría de bloggers no se dedican a esto profesionalmente, no siempre uno tiene tiempo de ir leyendo uno a uno todos los comentarios y en otras ocasiones no tiene la capacidad de discernir si la persona que ha realizado un comentario está injuriando o se está basando en hechos reales demostrables por ella para emitir esa opinión.

 

Para mi es cómo si te condenaran a ti porque a alguien que invitas a tu casa se pone a insultar a alguien desde tu balcón. En el peor de los casos, en casos de aparecer injurias en los comentarios el responsable debería ser quién los escribe no el webmaster del sitio donde los alojan, lo contrario puede sumir a los bloggers y a los medios de comunicación en general en un estado de paranoia permanente o simplemente para no tener problemas cerrar los comentarios. Yo me puedo responsabilizar por lo que yo escribo en el blog pero no por lo que escriben otros, ya nos cuesta bastante trabajo con intentar eliminar a trolls y similares cómo para encima ponernos a juzgar la opinión de los lectores que nos comentan.

Por el otro lado, conviene no olvidar a nuestra estimada SGAE, origen de la demanda, poderoso lobby con un negocio monopolístico que defiende los intereses de unos pocos y que financiamos entre todos los españoles y que no rechista en apretar con su apisonadora legal a cualquiera que se ponga contra sus intereses.

Por suerte, Julio Alonso, ya indicado que piensa recurrir hasta la instancia que haga falta. Nos jugamos todos más de lo que nos pensamos en cómo quede el resultado final de este juicio y que creará jurisprudencia, así que estaría encantado en poder contribuir en la creación de una especie de fondo de defensa de la libertad de expresión en internet con el fin de sufragar las costas judiciales de este y otros casos similares. Creo que ha llegado la hora de utilizar el potencial de internet para defender la red con contundencia.

Un artículo publicado en Gurus Blog

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Parábola del señor feo, Público y la SGAE

Cuentan las crónicas que mucho tiempo atrás hubo un señor feo, pero que muy feo. Tanto que no podía salir a la calle sin que los vecinos lo llamaran feo, ni viajar sin que los desconocidos lo llamaran feo. Cuando alguien hablaba de fealdad, siempre lo ponían de ejemplo. Y cuando se escribían libros sobre la fealdad, su fotografía aparecía siempre en páginas destacadas. Llegó el momento en que el señor feo no pudo soportar todo aquello. Y, así, decidió comenzar a llevar ante los tribunales a todo aquel que osara constatar la evidencia. Primero comenzó con el tendero de enfrente, que solía recibirlo con un: “¿Qué quieres, feo?”. Y ganó la querella. Luego, denunció a dos primos suyos, que no paraban de repetirle: ¿Quién es mi primito más feo?”. Y cosechó otra victoria.

Envalentonado con los resultados, el señor feo decidió demandar a todo su edificio, por la osadía de colgar en la fachada una pancarta con el texto: “Aquí vive un tío muy feo”. Y volvió a triunfar. Ciego de éxito y de valor, comenzó a demandar a todo cuanto se movía y hablaba, pues no había ser vivo sobre la tierra con el don de la palabra que se resistiera a llamarlo feo. Los jueces comenzaron a preocuparse cuando llegaron los pleitos multitudinarios contra pueblos enteros, ciudades enteras, países enteros, o contra insignes escritores y medios de comunicación. La situación era insostenible, pues no sólo el tipo era feo con ganas, sino que daba la impresión de que la Justicia se había vuelto del revés, pues sólo una Justicia extremadamente peculiar podía dar por buena la criminalización de toda la ciudadanía en defensa de un solo ciudadano.

Así que el señor feo comenzó a perder sentencias, aunque siguió ganando otras, y así durante un largo tiempo hasta que, definitivamente, se impuso la necesidad de unificar. Reunidos magistrados y legisladores, llegaron al fin a una conclusión: el mal no estaba en la constatación de la evidencia, sino en la propia fealdad del personaje. Cualquier referencia a la misma podía darse como natural e incluso justificada, aunque algún remedio había que buscar al daño moral que se infringía continuamente al desdichado. La solución no tardó en llegar, en formato de fallo judicial con categoría de jurisprudencia:

“Ante la imposibilidad de condenar a todos los seres humanos del planeta por la constatación de una fea, pero cruda realidad, instamos al demandante a someterse urgentemente a una intervención de cirugía estética, acabando de raíz con el origen de toda esta polémica. Sin fealdad no hay feo; sin feo no hay posibilidad de constatar; y sin constatación, es ya imposible el daño moral”.

Fue el momento en que el señor feo comenzó a demandar a jueces y fiscales. Apenas unos meses antes de someterse, derrotado, a un cambio radical de ‘look’ y conciencia.

La SGAE demanda a Público. ¡Qué te voy a contar!

(Sed buenos o, cuanto menos metafóricos, en los comentarios)

Un artículo publicado en Mangas Verdes